Daniela

24 Mar

Daniela

El almendro ha comenzado a despertar con cientos de botones, en unos días más, estallará en un arrebato de flores blancas. Anuncio innegable de una primavera que insiste en llegar antes de tiempo, aunque yo siga sintiendo frío aún con el sol radiante. Han pasado ya seis meses desde aquel sábado de verano en el que me despedí de ti, pero ¿qué son seis meses cuando me queda el resto de mi vida para aprender a vivir sin ti? En este tiempo, he llegado a sentir que estoy viva simplemente por el hecho de seguir respirando, luego, recuerdo tu risa y tu alegría de vivir, y hago un esfuerzo por hacer lo que tú mejor sabías: vivir feliz aún con todo en contra y disfrutar de todo y de todos. Quedan pocas cosas tuyas en casa… pintamos de gris tu cuarto rosa y donamos todo lo que pudimos, más no los recuerdos. Todavía no sé cómo pude hacerlo, ahora que soy consciente de mi infinita fragilidad emocional, todavía no me explico cómo conseguí sacar tu ropa de los cajones y vaciar tu armario, quité todo, salvo una sirena que no pude despegar ese día, porque el dolor me partía en dos, y ahora que la veo, doy gracias por no haber tenido el valor de arrancarla. Vaciamos todo. Me queda tu risa y tus manitas sobre las mías…Tu ternura sigue flotando en el aire cada vez que entro en el que fue tu cuarto, tus libros de cuentos siguen aquí conmigo, toda tu pequeña vida está resumida en hojas de colores y dedicatorias que no vi ni leí en su momento, sino hasta ahora que me he atrevido a hojearlos. Pareciera que lo sabías. Sabías tantas cosas que yo no conseguía ver. Leí hace poco que, según Kübler Ross y Burroughs, no existe un niño que no se dé cuenta de su muerte inminente, «…Niños y adultos ante la enfermedad tienen sentimientos similares. Y a menudo, los niños presentan un conocimiento intuitivo sobre su propia muerte que les lleva a ayudar a sus padres a aceptar la muerte que se aproxima…». Tú lo sabías, ahora lo sé. Sabías que te ibas, y aún así, con ésa tremenda generosidad que sólo tienen las almas buenas, nos entregaste cada día la paz y el amor para poder seguir sin ti cuando ya no estuvieras. Gracias mi amor, porque sé también que siempre supiste lo mucho que nos esforzamos por pelear cada batalla contigo y a tu lado. 

 

Pero ahora es cuando empieza la verdadera batalla. Luchar contra la inmensa tristeza y el olvido que todo se lleva. Tengo tanto miedo de olvidar. Por eso ahora puedo ver fotos tuyas y me gusta recordar los buenos momentos que fueron muchos, tus abrazos, tu forma de hablar, tus chistes y carcajadas. Sigues aquí. Te llevo en mi corazón y mi corazón es tuyo, así me lo escribiste. Y es tan cierto. Tan dolorosamente cierto y bello. 

 

A veces, muchas, me da por creer que sigues aquí… Miro tu foto y tu risa contiene y detiene todas esas risas que ya no podremos compartir. Seis meses. Y aunque tengo la certeza de que estás feliz y eres libre, sé que de alguna manera allí desde el amor en el que descansas y vives, encuentras la manera de hacerte presente y me lo haces saber, así fuiste, tú que no podías aguantar descubrir las sorpresas y te ganaba la risa y las ansias por darlo todo antes de tiempo, me regalas corazones en cera derramada, en pequeñas plumas blancas que aparecen sin razón, en el vuelo de los pájaros y mariposas que llegan y se acercan. Me hablas en canciones que escucho al azar y me repites una y otra vez que el amor permanece y que todo estará bien. Y te creo. Y confío en que así será. Porque siempre supiste más que todos y lograste entender el sentido de la vida, que es vivir con amor y alegría cada día sin importar lo que viniera después. 

Descansa. Y gracias una vez más.

 

Luisa Riojas 

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